Las cartas de mamá
Suena.
Suena.
Suena.
-¿Hola?, ¿quién habla?
-Ho… hola… Jimena
-¿Martín?, ¿qué pasa? ¿Por qué me llamás a esta hora?
-Jimena, necesito hablar con vos.
-¡Recién ahora me lo decís! Mira que me maté tratando de encontrarte.
-Por favor…, no cuelgues. Se trata de mamá.
* * *
Suena.
Suena.
Usted se ha comunicado con la casilla de mensajes de Martín Rey. Por favor, deje su mensaje después de la señal.
Tono.
“Martín, estoy tratando de localizarte desde hace horas… Mirá, se que lo hablamos miles de veces, pero… En serio. No me parece bien que te vayas, que te vayas así. Así solo vas a encontrar problemas. Todo este tema de mamá… bueno, a mi también me afectó bastante… a todos. Pero creo que esto te excede. Volvé a casa, tomate unas vacaciones, no sigas buscando. Bueno, mejor te dejo, pero teneme en cuenta. Y llamame. Te quiero.”
Jimena apagó el teléfono y se quedó inmóvil por unos instantes. Seguía pensando en su hermano, en si ya habría salido de viaje; ¿estaría ya en el avión? París es una ciudad hermosa, llena de bulevares, de grandes edificios antiguos, y otros muy modernos; allí se respira un aire distinto, al calor de aquellos que constantemente cruzan la línea que divide la periferia del centro urbano.
Esa noche había luna llena, y la luz se filtraba por la persiana baja del comedor, dejándolo todo en una absoluta penumbra. Jimena fue hasta su cuarto y se acostó. Lentamente, su cabeza dejaría de interrogarla, de sembrarle dudas. Al fin y al cabo, pronto recibiría noticias de su hermano. Sus ojos se fueron cerrando y con ello la última sonrisa se apagó.
* * *
-¿Sobre mamá? Esperate un poco.
Jimena prendió el velador y luego se sentó sobre la cama. Sobre el respaldo, colgada a la pared, la imagen de cristo mostraba la sangre derramada en un crucifijo de madera. Al lado del velador había una foto de ella junto a su hermano y a su padre.
-Hola, hola. Ya está.
-Ho… hola. ¿Vos cómo estás?, ¿bien?
-¡Ay, Martín! ¿Me podés decir para qué me llamaste después de no haber respondido ni siquiera a uno de mis llamados?
-Di…disculpá… Creo que te debo una explicación.
-Más vale.
-¿Te acordás de Pierre?
-Pierre… sí, el tipo con el que mamá se fue.
-Bueno, lo encontré.
-¿Cómo… cómo lo encontraste?
-Las cartas. ¿Leíste las cartas?
* * *
Ese día hacía frío. Jimena pasó por la casa de Martín a visitar a Juana, la mujer con la que estaba viviendo desde hacía ya tres años. Martín no se había casado aún. La muerte de su madre, ocurrida meses después de la mudanza, y la de su padre al año siguiente, habían complicado bastante su vida. Y también su relación con Juana. Aun así, habían podido mantenerse. Ella mostraba su panza crecida y ocultaba su felicidad bajo finos cabellos. El timbre sonó dos veces y luego la puerta se abrió.
Jimena no recordaba muy bien cómo era la casa, hacía tiempo que no pasaba. La última vez había sido en la navidad del anteaño, pero después de eso no la había vuelto a pisar.
-¡Ah!, qué lindo que está todo.
-¿De verdad? Hace mucho que no te veía –Juana la abrazó.
-Si… vine por que necesito hablar con vos.
-Parece importante. ¿Querés tomar un té mientras?
-Dale. ¿Té verde tenés?
-Si, tengo.
Mientras se calentaba el agua, Juana fue hasta el comedor y comenzó a revolver entre los estantes de una biblioteca. Sacó entre los libros una caja de cartón que parecía bien cuidada. La apoyó sobre la mesa y la abrió. Sacó algunos sobres y se los acercó a Jimena.
-¿Qué es eso?
-¡Ah!, ¿no sabés nada? Martín siempre me decía que algún día te las iba a mostrar. Pensé que ese día ya había pasado. En fin, estas son cartas de tu madre, cartas desde París.
Un sentimiento amargo secó los labios de Jimena.
-¿Cartas…? ¿Le escribía cartas?
-Si. Es raro, ¿no? Habiendo Internet y teléfono. A veces tu madre me resultaba una persona intimidante, por eso no hablaba con ella demasiado. Así que… supongo que a ella le gustaba escribirlas, aunque sólo son mis especulaciones. ¿Vos nunca recibiste una?
-No… ninguna. Desgraciadamente, yo dejé de hablar con ella cuando se fue.
-Debe haber sido un golpe duro.
-En verdad, no la entendí. A pesar de ser su hija nunca la pude entender. Ella se fue, lo dejó a mi papá solo, con nosotros dos, se fue con un tipo que nadie conocía. No la pude entender.
-Supongo que tu madre era bastante reservada. Creo que esa tendencia se la inculcó a Martín; por lo menos él nunca me hablo de ella en estos años, más allá de lo que yo pude enterarme. Igual… Él empezó a recibirlas cuando nos mudamos. Llegaba a escribirle hasta dos por mes. Luego pasó el accidente.
-El paro cardíaco…
Juana se levantó, la pava estaba hirviendo.
-¿Lo querés con azucar?
-No, edulcorante.
El sobre se abrió y el polvo fue mezclándose lentamente, ayudado por la cuchara que recorría el borde de la taza.
-Decime entonces, ¿qué te trae por acá? Me imagino que es por Martín.
-Si. Hace una semana que se fue, y hasta ahora estuve llamándolo. Pero siempre es lo mismo, siempre ocupado.
-Lo se, lo siento. Tal vez no quiere hablar con vos. ¿Están peleados?
-Es por mamá. Parece que ella aún sigue sobre nosotros.
-¿Tu madre?
-Si, por eso fue a París.
-¿Cómo? Entonces no era…
-Él me dijo que tenía cosas que arreglar, que necesitaba ir hasta la casa de ella a recoger algunas cosas. Traté de convencerlo de que no lo haga; le dije que aquello sólo complicaría aún más las cosas. Desde la muerte de mamá que Martín esta bastante perturbado.
-¡Ay! Quiero hablar con él entonces.
-Por favor, decile que me llame. Yo ya no se cómo ayudar. De todos modos, espero que esté bien.
* * *
Trueno.
Por las hendiduras de la persiana puede verse el resplandor de una noche con lluvia.
-Mamá…mamá estaba muy contenta cuando se fue a vivir a París. Ella me lo hacía notar –la voz de Martín volvió a oírse débilmente.
-Si, eso lo pude leer.
-Por eso ella estaba bien, se sentía bien. Por eso… su salud…
-¿Por eso qué?
-Cuando se fue mamá sentí que, de algún modo, nuestros lazos se habían roto. Vos, yo, papá, todos nos separamos. Fue un gran golpe, quizas.
Jimena se estremecía ante las palabras de su hermano. Nunca antes había hablado de estas cosas con él. Se sentía extraña, incómoda, desconcertada; no sabía qué decir. La lluvia se volvió granizo. Entonces comenzó a oírse el tumulto que se deslizaba desde el techo de las casas, que llegaba hasta los vidrios del los autos y se disolvía en el suelo.
-Pero, yo no podía dejar que las cosas pasaran –retomó Martín-, así, sin más. Ella tendría sus razones, por algo se habría ido. Tal vez en esas cartas hablé con mamá como nunca antes. Es curioso, ¿no?
-Martín… no… no te entiendo. Vos sabés, sabés lo que me dolió. Yo reaccioné diferente. Quizá no la entendí, es lo más probable. Pero ella tampoco quizo que la entendiera… que la entendiéramos. Decime Martín, ¿por qué te fuiste? Todavía no lo entiendo.
* * *
Martín bajó del taxi, pagó con lo justo, y sacó su mapa del bolsillo del jean. El sol dejaba ver su último aliento y las sombras alargadas se fundían entre los transeúntes que pasaban. Se acercó hasta la dirección que él mismo había marcado en el plano. 63 Rue Saint-Nicolas. Un hombre atendió el portero. Pierre ya había hablado con Martín, él ya lo esperaba. Aunque le intrigaba las razones de aquella visita, por más que lo intentaba no podía sino perderse entre un mar de especulaciones. De algo estaba seguro, tendría que responder varias preguntas.
-¡Hola, hola! Martín, pasá, vení. Vení que te preparo algo. ¿Querés un café? Tanto tiempo. Hace años que no nos vemos. Vení, pasá. Si, me acuerdo, la última vez que nos vimos fue cuando te recibiste, ¿te acordás? Ja, que buenos momentos.
Pierre fue hasta la cocina y sirvió un poco de agua en una taza. Puso un par de cucharadas de azúcar, algo de café y se retiró hacia el comedor.
Entonces, Pierre se detuvo.
Enfrente, su hijastro, con su cuerpo erguido, serias expresiones marcadas en el rostro. En una mano parecía sostener un sobre, al menos eso parecía. En la otra, empuñaba un revólver.
-¿Qué… que es esto…? ¿Martín?
-Vine a confirmarlo.
Pierre palideció.
-¿A confirmar qué? Por favor, Martín, no hagas locuras…
-Basta. Esperé mucho, mucho tiempo este momento. Ya no podés escaparte. Creo que al fin voy a poder terminar con este juego.
-¡Juego! –su voz se volvió más cruda-. No seas hipócrita. Vos no viniste a buscar nada. Viniste a encontrar lo que querías encontrar. No importa qué te diga o qué no. Vos estás decidido, tenés un arma entre las manos. Esto ya no es un juicio, es una sentencia –Pierre se suavizó- Pero… ¿en base a qué, Martín?
-Te equivocás. Desde el primer momento supe como eran las cosas. Todo eso del accidente, no, no lo iba a creer, no era real.
-¿Por qué no? Dejá tu orgullo de lado. Son cosas dolorosas, muy dolorosas, pero son inevitables. Yo tampoco quería que pasara. Eso me destrozó, totalmente. Pero pude… pude seguir con mi vida, así como vos pudiste. Lo único que te falta es superarlo, yo pude hacerlo. Martín, te pido que lo pienses de nuevo antes de hacer una locura.
-¡Basta! No necesito tu palabra. Ella me avisó, me dio cuenta de sus temores. Estaba confundida cuando se instaló en esta ciudad. Los tres mese que vivió en esta casa están relatados, están en sus cartas. ¿Y después qué? Después nada. La última vez que la vi fue en una larga despedida. Después de eso sólo pude verla a través de sus frases. ¿Y ahora? Ella necesita encontrar la paz que Dios nos guarda. Ella lloró mucho; puedo creer que encomendó su alma. Pero eso no fue suficiente.
El brazo se puso tenso. Los ojos de Martín recorrieron el cuerpo de su enemigo. Una mirada calculadora, un tiro certero… La voz se fue apagando hasta chocar contra el suelo. Los ojos brillaron.
* * *
Silencio.
Jimena se apartó del teléfono. Su rostro se mostró perplejo; sus ojos se aterrorizaron. Del otro lado del teléfono el llanto comenzó a brotar. Entonces el fuerte granizo se convirtió en nieve, nieve que al poco tiempo comenzó a dibujar de blanco las calles de la ciudad.