Éramos dos
Aquel beso… Sentí sus labios suaves posándose sobre mi boca. Sentí que todo mi esfuerzo no había sido en vano. En verdad, era una sensación placentera que me alejaba por un instante, hacia un lugar donde podría haber visto la tierra desde el cielo.
La había conocido hacía tres semanas, en un bar por la calle Corrientes. Había salido del trabajo con ganas de tomarme un café; estaba algo cansado y debía seguir trabajando, más tarde, en casa. Ella entró al bar; yo esta distraído, mirando el pasar de los autos, la muchedumbre que perfilaba sobre la vereda, y los artesanos vendiendo sus productos a quien pudieran. Sentí que alguien me tocaba el hombro. Se trataba de mi compañera de trabajo, aquien nunca había visto con detenimiento. El trabajo me resultaba muy denso. Por eso, siempre que iba intentaba no charlar demasiado, fijarme en mis propias cosas para terminar lo más rápido que fuera posible. Ella también me reconoció. Se sentó a mi lado y charlamos un largo rato. Hablamos de la vida, de que yo me había separado. Ella estaba de novia desde hacía dos años. Hablamos también de lo duro que era despeerdiciar un tercio del día editando el diario para el cual trabajábamos. Seguimos así un rato y después me tuve que ir. ¿Mañana hablamos? Dale. Ella sonrió.
A partir de ahí comenzábamos a juntarnos más seguido. Los días pasaban, yo sentía caerme bajo sus brazos, bajo ese suave perfume que envolvía su cuerpo. Un día la invité al cine. No me importaba mucho la película. Sólo quería verla, verla y poder decirle lo que en verdad sentía. ¿Lo aceptaría?
Terminó la función y salimos. La luna estaba llena y las estrellas tejían un fina área sobre el cielo. Tomé sus manos y quise besarla. Ella me detuvo. No, Pedro, esto está muy mal, no puedo. Traté de insistir; ella no cedió. Me besó en la mejilla, dio media vuelta y se fue.
Sufrir, primero sufrí. Verla todos los días en el trabajo, sin poder mencionar palabra, con la vergüenza atorada en la garganta. ¿Qué podía hacer? ¿qué debía? Fui hacia el bar, me pedí algo de alcohol. tomé un trago y volví a perderme en el denso paisaje de la ciudad. Autos y colectivos inundaban las calles. Aquí y allá se escuchaban las bocinas. De pronto, una fuerte sensación de incertidumbre detuvo mi corazón. Tenía que volver rápido a casa. Quise pagar y me di cuenta de que alguien había dejado una nota sobre mi mesa. Era de ella. Me citaba en una calle sin nombre, en un barrio perdido y oscuro. Nos veríamos esa noche.
Era verano, lo recuerdo muy bien. Una suave brisa recorría los rincones de la ciudad. Volvería a hablar con ella, lo deseaba profundamente. No importaba ya si se quedaba conmigo, si se iba. Quería oír su voz llenando mis oidos, acariciándo lentamente mi rostro. Debía esperar.
Nos encontramos finalmente. Ella me dijo que lo había dejado. Estaba triste, lo veía en sus ojos. Le acerqué un pañuelo pero ella lo rehusó. Prefería que sus lágrimas se diluyeran en el suelo y se perdieran bajo las pisadas inocentes de cientos de personas. Fue ahí cuando la besé; fue ahí cuando la sentí. Ella se dejó. Sus suaves labios rojos, su fresca mirada. La espera del dolor había dado sus frutos.
Comenzamos a vernos más seguido. Que yo la acompañaba hasta su casa, que ella hasta la mía. A veces volvíamos a esa calle perdida, en el corazón de la ciudad, donde los pájaros duermen cuando la luz se apaga. Ahí nos hicimos miles de promesas. Que estaríamos juntos por siempre. Que ella vendría a vivir a mi casa y dejaría la suya. Era la hora del amor. Y yo pensaba que las agujas que marcaban mi tiempo nunca se detendrían. Seríamos felices.
Me resultó extraño que, días depués, ella empezara a faltar al trabajo. Quise llamarla, pero nadie me atendía. Fui hasta su casa; toqué infinitas veces el timbre. Era inútil; había desaparecido. Los días pasaban y la incertidumbre volvía a apoderarse de mi ser. ¿Qué podría haber causado tal dolor?, ¿qué la habría hecho escapar, filtrándose entre los innumerables agujeros de esta pequeña ciudad, mezclándose con la ausente luz de la luna? ¿Habría sido por mi?
Los recuerdos me atormentaban. El trabajo se había vuelto un infierno que consumía el poco brillo de vida que me quedaba. Ya no la vería; ni en su casa, ni en el café, ni en la oficina. Los días se volvieron tristeza y la tristeza se volvió lágrimas. La soledad se refugiaba en el llanto. Era definitivo: ella no volvería.
Empaqué mis cosas y me despedí de mi hogar. Debía partir, partir para terminar. Eché a caminar por última vez sobre esas calles, pequeños sitios donde nos habíamos declarado el amor que uno por el otro sentíamos. Llegué a esa vieja calle perdida, sin nombre, donde podía escucharse un viejo tango que escapaba desde una de las esquina. Desde un negocio de discos que había colocado los parlantes hacia afuera se oía la voz de la melancolía. En la otra esquina había una arboleda. Allí debería tomarme el micro que me llevara hasta otra ciudad, la más lejana. Sólo así podría superar mi tristeza. Al momento, pude ver que desde la copa de los árboles un pájaro entraba al vuelo Lo oía reirse, divertirse con el viento, yendo hacia cualquier lugar, sin rumbo fijo. Tal vez eso debería intentar. Tal vez podría perderme en esta ciudad hasta que mis penas hubieran desaparecido. Mi maleta no estaba pesada. Y aunque así fuera, habría partido igual.
Finalmente eché a andar hacia ningún lugar. Tal vez la suerte me reencontraría con ella. Tal vez la suerte me haría olvidar la juventud de mi amor. No lo sabía. Después… ¿qué importaba? Sólo quería vivir el ahora, el ahora que era el ayer. En verdad prefería no pensar en ello. Prefería no pensar en nada. Sólo caminar.