Camino de tierra
Otra vez salí de casa y empecé a caminar en direcció al lago. Necesitaba estar un rato sola, pensar un poco sobre lo que iba a venir. En realidad, no tenía muchas ganas de irme de vacaciones, sola, con mis viejos. Prefería quedarme en casa, escuchando a los Doors, mirando a través de la ventana el camino que marcan las pequeñas y lejanas luces rojas que asoman tímidamente en lo alto de la ciudad. Sin embargo, ya habíamos llegado, y faltaba una semana para volver.
Ahí afuera las cosas eran muy distintas. Todo estaba muy calmo, demasiado calmo; evidentemente, resultaba difícil olvidarse del presuroso ritmo de la ciudad, aquel ritmo cronometrado cuyos úlyimos números cambian a increible velocidad. Allí no había gatos ni perros, pero sí algunas lagartijas y algún que otro zorro que se extraviaba y terminaba parado sobre el camino de tierra. Atento y silencioso, buscaba con astucia alguna presa que lo alimentara. Por ahí caminaba yo, buscando un rato de soledad, lejos del ruido molesto de las inútiles discusiones de mis viejos.
Uno tras otro pasaron los minutos. A mi lado, grandes extensiones de tierra permanecía estáticas sobre el suelo. Adelante el panorama era similar. Sin embargo, al poco tiempo pude ver que el camino se bifurcaba: una dirección indicaba el este; la otra, el oeste. Todavía era temprano, así que podría seguir sin problemas. Me quedé parada un largo rato como una tonta. Estaba esperando algo que me indicara qué camino seguir. El de la izquierda iría hasta el lago, y era hacia allá a donde me dirigía. Pero eran vacaciones, y yo estaba esperando que pasara algo emocionante, algo que turbara la infinita paz que dominaba al pueblo.
Mi vieja siempre me decía que era muy inquieta. Mi novia decía que era indecisa. A ella sí que la extrañaba. El verano anterior nos habíamos conocido, en este mismo pueblo. Había venido un par de días con su mamá; en realidad, su papá se había muerto cuando ella tenía trece. Me contó que estaba trabajando en un colegio; era profesor. Sin embargo, un día, hubo un accidente fatal: el edificio en mal estado, perjudicado por el constante avance de la humedad que llenaba de grietas las paredes y los techos, sumado a la contaminación que, desde afuera, autos y camiones provocaban, hicieron que un bloque de la construcción se desprendiera. ¿Cómo terminó todo? Supongo que este no es el momento para recordarlo. En realidad, eso me pone triste.
Quería ir al lago, de verdad lo quería. Ahí la había conocido. Estaba tirando piedras al agua, haciéndolas salpicar. A mi nunca me salió ese juego. Tampoco se silbar, aunque puedo cantar fuerte, agudo, armonioso, sin pasar vergüenza. Quería ir hasta allá para recordar esos momentos que había pasado junto a ella. Momentos extraños, pero cálidos al mismo tiempo, donde una y otra nos empezamos a conocer, donde una y otra cambiamos enormemente nuestras vidas. hacia la derecha, el camino de tierra se elevaba varios metros hasta perderse en la entrada de un gran bosque verde.
Mi indecisión me estaba matando: podía ponerme romántica, ir corriendo hasta el lago, y pasar la tarde viendo la puesta de sol. Pero… ¡no! Eso era delirante. O tal vez no, pero el sólo pensarlo me resultaba muy empalagoso. En una semana volvería a la ciudad; entonces allí la vería. Tomé el camino de la derecha y encendí mi MP3.
Caminé durante un par de horas. De verdad me sentía exhausta. Parecía que estaba marchando sobre el “Camino de la desolación”. En realidad, era mi MP3 lo que estaba sonando. Llegué a la entrada del bosque y me senté por ahí, mirando en dirección al sol, que lentamente iba escondiendo sus rayos para terminar de perderse entre las montañas. Entonces busqué por mis bolsillos un cigarrillo. Ese era el momento del cigarrillo-antes-que-caiga-el-sol. Mentira, otra vez una canción empezaba a escucharse por mis auriculares. Tenía varios momentos-de-cigarrillo al día. De todos modos no era una completa adicta. Podríamos decir que era, más bien, una aficionada al tabaco.
Una suavez brisa me sobresaltó. A mi lado estaba sentado un chico. Llevaba en la mano unos papeles. Tenía también un morral que colgaba sobre su hombro derecho y se posaba sobre el lado opuesto de su cintura. Busco dentro de este un paquete de tabaco para armar. Era extraño, pero me desentendí de este tipo y seguí escuchando música. Al rato, su voz fuerte consiguió mi atención:
-¿Tenés fuego? -al escucharlo, noté que su acento era extranjero; aunque pensándolo bien, era yo la que estaba de visita.
-Si. Tomá.
-Gracias -prendió el cigarrillo-. No sos de acá, ¿no? ¿Estás de vacaciones?
-Sí, con mis viejos. Un embole.
-Ahh… si, este pueblo es bastante aburrido. ¿Es la primera vez que venís?
-No. Mis viejos tienen una casa de verano. Ahí vivieron juntos hasta que se mudaron a la ciudad. Al poco tiempo nací yo.
El chico fumaba su cigarrillo.
¿Y vos qué hacés acá? -le pregunté.
-Estudio -me mostró las hojas que llevaba-. Estudio de todo un poco.
-Pero… ¿no tenés vacaciones en verano?
-No. No cuando tenés que preparar materias que no aprobaste -se rió-. ¿No está muy bueno este lugar?
Hasta ese momento, había visto cada sitio que había visitado como algo pesado, a excepción del lago. En realidad, nunca había tenido ganas de venir a este pueblo. Sin embargo, observé nuevamente la escena. De verdad, era hermoso. Hacia ambos lados las hojas de los árboles se movían complacientemente y comenzaban a tomar un color anaranjado: en el cielo el espectáculo resultaba muy agradable a la vista. Me sentía muy rara. Era como si las palabras de este chico resonaran en mi interior. Por un momento la densa atmósfera desapareció y me sentí, de verdad, relajada. Era un lindo chico.
-Ahh, la ciudad. Es un buen lugar para estar, si podés soportarlo. Las luces, el ruido, el amontonamiento, el laberinto de avenidas y calles; la locura. Las pocas veces que estuve me sentí asfixiado.
-¿Asfixiado? Qué raro. A mi no me molesta tanto. Debe ser porque estoy acostumbrada.
-No se. Cuando voy me siento extraño. ¿Viste lo que pasa cuando subís a un colectivo? Encontrás un montón de personas, perfectos extraños, cada uno con su vida, con sus problemas y sus alegrías; ellos se reúnen por azar para compartir un momento de su vida. Así como vos y yo lo estamos compartiendo ahora. Pero allá es diferente. Un colectivo lleva una caravana de locos que se reúnen para volverse ciegos. Ciegos de no mirar. De mirar hacia otro lado. Creo que es algo que está adentro mío. Pero yo no puedo evitar pensar en alguien si esa persona está a mi lado.
-Si, es cierto, es raro que pase eso. Pero allá uno puede elegir, de entre tantas personas, con quien hablar de lo que le interese.
-Si, pero es distinto. Allá uno no puede elegir todo el tiempo. Hay cosas que se imponen… y bueno.
-Supongo que es algo natural de la ciudad. Así como todo acá afuera es demasiado tranquilo.
-No se si es natural. Es algo que está ahí, pero no se dice ni se piensa.
-Puede ser…
Miré hacia un costado. A lo lejos, el sol dejaba ver sus rayos, cada vez más rosados, cada vez más apagados. Su matiz se iba oscureciendo mientras ofrecía, a ojos de los dos, una paisaje asombroso. Otra vez me estaba poniendo romántica. Pero yo no soy así.
-Está oscureciendo. Tengo que volver a casa. Sino me matan.
-¿Vas a estar acá un par de días más?
-Creo que sí. O tal vez mis viejos quieran visitar otra ciudad.
-Bueno. Entonces tal vez nos vemos.
Lo despedí y comencé a caminar. Entonces recordé el tiempo que me había llevado ir hasta ese denso bosque al cual jamás había entrado, pero donde había contemplado el atardecer bajo sus enormes puertas. Mamá se pondría furiosa. Papá lo arreglaría todo. Tal vez… Volví escuchando música. Pasé los enormes campos verdes que ahora dejaban paso al campo de los grillos, y que sólo eran alumbrados por el brillo de las luciérnagas. Pasé finalmente por el lugar donde el camino de tierra se bifurcaba. Me paré de frente, como en el comienzo, para contemplar de lejos la escena. No se veía nada. Pensé de nuevo en ella. La extrañaba mucho. Ya llevábamos un año juntas; una y otra, habíamos encontrado aquello que nos faltaba y que nos permitía crecer. Antes de volver a casa, miré en dirección al bosque. Creí ver entonces una diminuta figura moverse entre las hojas y el pasto. Allí estaría aquel chico de la voz fuerte que soñaba con una ciudad tranquila. No me puse triste. Sabía que algún día lo volvería a ver.