Sólo quedaron cenizas
Estoy sentado en una sala, y espero. Arriba hay un ventilador que me alumbra, frente a mí se ubica un pequeño escritorio; sobre él hay una fotografía. Un hombre y una mujer sonríen, llevan en brazos a su hijo. Ella es morocha, un poco más baja que él, y tiene unos ojos preciosos; él tiene el brazo izquierdo tatuado y una tierna expresión en el rostro. Doy un suspiro y prendo un cigarrillo. Cuando termine, todo se habrá consumado.
Abrí la puerta despacio. Pude verlos ahí, estaban comiendo. Ellos se sentaban juntos; enfrente, en una de esas sillas altas para bebés, se sentaba su hijo. Nadie había previsto mi llegada, o tal vez sí, tal vez él había pensado que todo esfuerzo por escapar sería en vano. Tomé el arma de mi bolsillo y apunté. Ella gritó, su hijo contemplaba la escena, pero era demasiado pequeño para entender lo que estaba pasando, sólo sonreía. Uno, dos, tres… tres veces disparé. Fueron tiros certeros: ella cayó al instante. Él saltó de su silla, quiso detenerme con un esfuerzo desesperado. No dudé y disparé nuevamente.
Tiro el cigarrillo, ya lo había terminado. Quiero prender otro, pero no encuentro el fuego. Tenía uno de esos encendedores clásicos de metal que se sólo se recargan con benzina. Me levanto para buscarlo y de mi abrigo se cae una fotografía. Ahí lo puedo ver, a él, de nuevo, pero esta vez está solo. Un círculo rojo encierra su rostro, una flecha lo apunta. Guardo la foto y veo el encendedor debajo del sillón. Lo recojo, prendo el cigarrillo y me siento.
El piso se llenó de sangre. El pequeño observaba desde lo alto, como si fuera un Dios, la trágica escena. Lo miré, él continuaba sonriendo, articulando pequeñas palabras que se diluían antes de ser frases. Un instinto maternal (no era lógico, lo comprendo) se apoderó de mi; no podía dispararle, no, no lo iba a hacer. Él no resultaba peligroso, no era un testigo; sería dado en adopción y cuando hubiese crecido, sus padres le contarían todo. Podría evitarle esa penosa noticia, pero aquel instinto que confundía la escena me detuvo.
¿Quién podrá comprender el motivo de esta tragedia? Dicen que a veces lo mejor es hacer justicia por mano propia. Pero esto no se trata de una venganza; sólo intento protegerla… de él. La conocí en un parque, casi por equivocación. Yo quería comprar algunos videos, copias de mala calidad que se vendían a buen precio, y supuse que ella se encargaba del negocio. Su belleza, ya lo dije, me impactó mucho. Una suave brisa arrancaba las hojas de los árboles; el parque se llenaba de ellas, era una linda imagen.
El pequeño comenzó a llorar. Me fui de ahí, teniendo cuidado de dejar bien cerrada la puerta. Pasé por la sala; el ventilador seguía prendido. Bajé por las escaleras, lo hice rápido. Di gracias al cielo porque todavía el sol no se había ocultado. En la puerta nadie vigilaba. Llamé a la policía, aunque fuera casi un suicidio. Dije sólo lo suficiente para que mandaran una patrulla. Mientras me alejaba pude ver aquellas luces azules que se aproximaban a la escena del crimen. Los árboles estaban cubiertos; el verde de sus copas refrescaba el aire, limpiaba el horror que inundaba las calles.
Le doy la última pitada al cigarrillo. Pienso que ya es hora; no estoy nervioso, no, no lo estoy. Me aproximo al escritorio y levanto la fotografía, la coloco boca abajo. En seguida, un disparo congela la escena: viene desde la puerta de la sala. Me apresuro a abrirla, pero antes de que pueda intentarlo el picaporte gira. Tomo mi arma y apunto. Estoy transpirando: una gota cae de mi frente y se golpea contra el suelo. Ahí está él, tiene una pistola en la mano derecha; lleva también un tatuaje en el brazo. El cuerpo de ella yace tirado en el suelo, la sangre brota de su pecho y llega hasta la sala. El arma cae de mi mano, estoy temblando. “Lo siento. Quise evitarlo, pero no pude. No, no era así como quería que sucediese”. Él se acerca y yo me arrodillo. Un par de lágrimas caen al suelo y se mezclan con la sangre. Siento el frío del metal en mi frente.
¿Podré verte en la otra vida? Sólo quería decir que te quiero.