Ascensor
Juan llegó a la puerta del edificio, saludó al portero, miró con gran detalle la manera en que estaban dispuestos los muebles de la planta baja, y apretó el botón para que el ascensor bajara. Juan pensaba en el trabajo, en que debía terminar un diseño para los próximos días, en que debía volver a la dieta que lo mantenía despierto: mucha cafeina que entraba por su boca y que iba sintetizandose a cada paso que daba; su cerebro sólo así le respondía. Pensó después en el piso en el cual se encontraba el ascensor.
Cinco… cuatro… tres… ¡Tres!
Hace tres días que había averiguado acerca de una computadora. Tenía muchas ansias de comprarla, ella le resultaría mucho más eficiente a la hora de desarrollar los diseños para la compañía. Podría duplicar la velocidad de trabajo: más memoria, eso era lo que faltaba. Abrió la puerta de metal, presionó suavemente el botón que decía diez, y pudo mantenerse durante el impulso que dio el ascensor al elevarse. A su derecha lo acompañaba un jóven vecino del piso de arriba. Juan siempre pensaba que este chico pasaba mucho tiempo haciendo nada. Siempre le preguntaba sobre su vida (qué tal estaba, qué andaba haciendo, si salía con alguien); simpre obtenía la misma respuesta: nada. Eso lo irritaba. Sin embargo, siempre lo intentaba de nuevo. Intentaba sacarle alguna frase, alguna expresión de su boca, algún sentido oculto a sus pensamientos; nunca lo lograba.
-¿Que tal todo?
-Bien… ¿qué se yo?
-Eh… ¿viste que están remodelando la entrada? Con la rampa nueva vamos a poder entrar cochecitos, triciclos, bicis…
-No tengo ningún cochecito.
-Mm, bueno, también puede servir para los discapacitados que viven en el edificio.
-Acá no vive ningún discapacitado.
-Tal vez alguno tiene un pariente en esa condición.
-No que yo sepa -dijo y frunció el ceño.
Juan devió la vista hacia el espejo que estaba enfrentado a la puerta de metal. Todavía permanecían en el quinto piso. De pronto, en el sexto se paró. Juan pudo ver que aquella persona que entraba tan ruidosamente en tan pequeño espacio era una señora de unos cuarenta años. Por cierto, pudo notar que estaba vestida muy ridículamente: llevaba un vestido de terciopelo turquesa que contrastaba con su pelo castaño.
-Ah, este pendejo, una lo trata bien, le hace la comida, hace lo que él quiere que uno le haga para que se ahorre el trabajo, y al final a una lo tratan de semejante manera.
-Ehm, perdón, ¿estaba discutiendo con su hijo? ¿está tan rebelde como siempre?-preguntó Juan señalando en dirección al pasillo del sexto, mientras la puerta se cerraba.
-¡No! Yo creo que está cada día más pelotudo. Piensa que la casa es un hotel, que puede entrar y salir cuando quiere. Y yo no le pongo límites, ¿viste? Yo no le pongo límites porque me porto bien con él, soy buena con él, hago lo mejor para él. Y aún así, nada, no recibo el mismo trato.
-Entiendo, pero entienda usted también. Es normal que los chicos a esa edad se crean los dioses del universo, que crean que lo pueden controlar todo, es sólo un delirio adolescente.
-Pero ya está grandecito el pibe. Encima me viene con la novia… mire, si le digo lo que se escucha cada noche que la invita…
-Señora, no sea asquerosa -profirió el joven.
-…
Enseguida, un fuerte ruido se oyó. Parecía que venía desde muy arriba; un fuerte sacudón lo acompañó: el ascensor tambaleó por unos momentos. Entonces las luces se apagaron y aquellas tres personas quedaron atrapadas en ese pequeño espacio, entre el piso nueve y el piso diez.
El primero en perder la calma fue Juan. Pensaba en cuánto lo asustaba esa escena: estaba aislado con una señora loca y con un jóven inexpresivo, del que nada podía preverse, a medio metro de altura del pasillo de su departamento. Pensaba también en cuánto tiempo más debería permanecer en esa situación, casi a oscuras, donde sólo se filtraban los pequeños rayos de las luces de emergencia. Pensó en el proyecto que tenía que acabar en estos días, en que el tiempo que estaba perdiendo lo reemplazaría por horas de sueño. Indudablemente, su jefe se daría cuenta de que él ya no era tan eficiente como antes, que allá afuera encontraría cientos de tipos más competentes dispuestos a trabajar por un sueldo mucho menor. Una gota de sudor se deslizó suavemente por su mejilla. Caía.
Y caía.
-Ah, no te lo puedo creer. Ahora, encima de todo, esto. Parece que una está meada por un perro.
-No se preocupe señora, debe ser un problema en los cables, en la conexión que está en el techo, algo se debe haber trabado.
-¿Y vos cómo sabés tanto? Si ni siquiera sos técnico.
-Estoy viendo algo de mecánica en el colegio. El ruido fue muy característico.
-A mi no me sorprendió. Estos inútiles se preocupan sólo por agregarle una rampa a la entrada cuando ninguno de nosotros la necesita, y no se preocupan por este tipo de cosas que perjudican a todos. Que tipos eficientes, ¡eh!
-Uy, yo la estoy pasando mucho peor -interrumpió Juan-. Tengo una entrega pasado mañana y estoy hasta las bolas con eso. Además ya van dos veces que entrego tarde un trabajo.
-Hombre, eso está muy mal. Pueden echarlo. A mi por suerte nunca me pasó. Pero porque sólo trabajo como ama de casa, ¿viste?.
-Si, creo que cuando llegue voy a llamar a mi jefe. Mm, todavía no comí tampoco, me muero de hambre. Igual vos venís del colegio, ¿no? Por suerte vos no tenes tantas responsabilidades.
-Para su información, yo si trabajo.
-¿En serio? ¿De qué trabajás?
-Nada que le interese, cosas sin importancia. Trabajo en la pecé con programas de diseño de imágen.
-¿Y hace mucho que trabajas?
-No
-Perdón. Quise decir… ¿hace mucho tiempo que usas esos programas?
-Si, un toque de tiempo.
-Mm, o sea que te manejas bastante bien con… digamos… ¿Photoshop?
-Si. Pero, ¿a usted por qué le interesa?
-Yo estoy trabajando con eso para mi empresa. Hago diseño gráfico, diseño de publicidad. ¿Tenés tiempo libre hoy? ¿o tal vez mañana?
-No sé. Supongo que sí. O tal vez no. Depende de mi vieja. Supongo que no va a haber problema. Pero, ¿para qué tiempo libre?
-Mirá, yo tengo bastante trabajo por hacer, si me podés dar una mano… yo te doy unos mangos…
-Puede ser -una leve sonrisa se dibujó en el rostro del jóven, pero nadie lo notó.
-Ves, así tendría que aprender mi hijo. Se la pasa boludeando en el misinjer, no hay cómo sacarlo de ahí. O es el mesenjer o es la novia. Vos no me entendés porque todavía sos demasiado jóven para haber tenido un hijo adolescente y todavía te preocupas mucho por el laburo – el jóven la miró con un aire de indignación y desprecio y movió la cabeza a un lado.
-Mm, debe ser difícil. Pero bueno, por lo menos pasás mucho tiempo junto a él.
-¡No! Él es un zombie. No habla, no contesta, no dice nada de nada. Yo me voy al gimnasio, me voy a la peluquería; la paso mejor así.
-Si… tal vez podrías hablar con él para que te tenga un poco más de consideración.
-¡Menos! Se va a cagar de risa; si yo se cómo es él.
-Podés intentarlo…
De pronto las luces se prendieron. Parecía que una fuente divina volaba sobre sus cabezas; parecía que una gran expresión de entendimiento o una gran conexión espiritual llenaba el vacío de sus mentes. No eran ya individuos de por sí. Tal vez aquellos puentes oxidados, aquellas verdades absolutas, se habían desmoronado. El ascensor volvió a su marcha y se detuvo, por primera vez, en el piso diez. Efectivamente, afuera, en el pasillo, una placa decía en letras rojas: “DIEZ”.
-Bueno, yo me bajo acá. En un rato te llamo, después de que hayamos comido.
-Yo ya comí.
-…
-Igual podés tocarme el timbre.
-Bueno, buenísimo. Yo llamo a mi Jefe y después te aviso.
-Esta bien. Gracias.
-¿Van a seguir hablando? Porque yo tenía que bajar, pero con todo esto ya me olvidé por qué tenía que hacerlo. ¡Ah! Ya me acordé. ¡El cartero!
La puerta se cerró rápidamente; Juan caminaba por el pasillo.
Pensaba en que aquel viaje había sido diferente. Pensaba en que el jóven inexpresivo que siempre le contestaba mal, ahora le había dado las gracias. Pensaba en que la mujer hablaría con su hijo y que empezarían a compartir más tiempo, más momentos. Pensaba en que en realidad construir la rampa no había sido una buena decisión de la administración. Pensaba en decirlo en la próxima reunión. Pensó un momento en lo mucho que extrañaba sentir el cuerpo de una mujer, en el arduo deseo del placer; luego metió la llave en la cerradura y la giró con un brusco movimiento de las manos.
La morfología no es subjetiva; la morfología no tiene más forma.
El máximo grado de amor debe ser superfluo.
El delirio es el primer paso para abstraerse de una realidad abrumadora, y así dejar, de escaparse de uno mismo, de buscarse a uno mismo, en un igual.
Lindo texto, che. Lindo blog, de los que no suelo encontrar causalmente.
Un saludo.
Admirable. Sos todo un escritor Brito.
qué bueno que está, me re gustó , y como te dije anteriormente, escribís genial, seguí así (=